Expediente Warren: entrevista con Tony Spera

“Es casi imposible convencer a un escéptico de que las posesiones o los poltergeist son reales”, me explica Tony Spera, que preside la New England Society for Psychic Research desde que la célebre Lorraine Warren le entregó el testigo. El heredero espiritual del matrimonio de investigadores de sucesos paranormales más conocido del siglo XX es un hombre de mirada franca que no elude ninguna pregunta y responde con serenidad incluso cuestiono la posibilidad de que existan cosas tales como los fantasmas o si le pregunto sobre las fuentes de ingresos de sus suegros. Ha hecho suyo el tono sosegado y pedagógico con el que durante décadas el demonólogo Ed Warren y la médium Lorraine Warren explicaron a audiencia y lectores sus encuentros con el mal.

Esta última afirmación resulta controvertida. Precisamente porque en Occidente la espiritualidad –más allá de las modas y los sucedáneos– cotizan a la baja, los fenómenos paranormales tienden a ser considerados como eventos a los que tarde o temprano se les encontrará una explicación racional adecuada al canon de conocimiento científico de nuestro tiempo. O, peor, como una estafa. Lo cierto es que en las últimas décadas hemos asistido a la mercantilización de lo esotérico, a la creación de una notable actividad económica vinculada al tarot y las terapias alternativas con nombres que atentan contra la dignidad ortográfica del paciente (¿Es necesario escribir quántiko?). En tiempo de crisis financiera y social, las necesidades emocionales de las personas se han convertido en una fuente de ingresos para charlatanes con pocos escrúpulos. Sin embargo, no parece que fuese el caso del matrimonio Warren. Según el esposo de su hija Judy, Tony Spera, “nunca cobraron un solo centavo por sus servicios. Si tenían que desplazarse, a veces pedían ayuda con los gastos, pero si la familia no podía asumirlos, los costeaban ellos mismos y viajaban de todos modos”.

Tony Spera junto a la muñeca Annabelle

El retrato que los Warren nos han contado de sí mismos responde al arquetipo de familia católica de clase media, implicada con la comunidad y activa en la beneficencia. Salvo que una de sus formas de hacer el bien consistía en responder a la llamada de personas que afirmaban estar sufriendo el hostigamiento de las fuerzas del Mal. “Ed era una persona generosa, la clase de hombre que si veía un sintecho en la calle se detenía a darle algo de dinero o a comprarle algo de comer”, lo recuerda Spera. El demonólogo falleció 2006. “Lorraine es una mujer a la que le gusta mantener su hogar ordenado, que sea agradable”, sólo que “es psíquica y médium”, aunque desde hace algún tiempo está retirada. Ahora es su yerno quien responde a las personas que solicitan ayuda a la N.E.S.P.R.

“El motivo de que muchas personas no crean que esta clase de cosas son reales es que no creen en Dios”, razona Spera. “Al no participar de un sistema de creencias que reconozca la figura de un creador, de un ser sobrenatural que nos crease en cuerpo y espíritu, no pueden creer en la existencia de los fantasmas o los demonios”. Puede que no esté desencaminado. Más allá de la sospecha retrospectiva que los actuales estafadores de lo paranormal puedan arrojar sobre los Warren, los periodistas que han tratado de encontrar el engaño tras casos como el de Enfield lo hacen desde el presupuesto de la imposibilidad de que fenómenos como los poltergeist sean reales. Si bien es cierto que en casos como el de Amityville se han reportado mentiras, contradicciones y declaraciones enfrentadas en el testimonio de las presuntas víctimas. Que en la investigación parapsicológica sea imposible disociar las creencias personales de los sucesos es uno de los principales escollos para conocer la verdad, junto con el temor o los complejos que los testigos suelen sentir al hablar de determinadas vivencias. ¿Quién miente y quién no? ¿Quién ha visto qué? ¿Cómo negar que una persona ha sentido lo que ha sentido?

No podemos comprender a Ed y Lorraine Warren sin tener en cuenta que se trata de personas con una cosmovisión distinta a la de los investigadores escépticos. Mientras que un ateo parte desde la resistencia a creer, ellos creían en Dios como consciencia benefactora. Educados en un catolicismo tradicional consideraban que su luz podía manifestarse de formas prodigiosas. En consecuencia, el Mal, como reflejo negativo de Dios, también podía incidir en la realidad sembrándola de zonas oscuras, de dolor, de desconcierto. Podía, por ejemplo, encantar un hogar. “Ed vivió en una casa maldita desde los cinco hasta los doce años”, explica Spera. “Estaba tan aterrorizado que cuando llegaba del colegio no entraba en casa si no había ya alguien dentro. Aquella sensación fue la que hizo que años más tarde quisiese ayudar a personas en esa situación”.

Ed Warren respondió con una estrategia racional a un miedo que los escépticos señalarían como irracional. Para mitigar el temor que le provocaban las entidades malignas de su infancia decidió “estudiar el demonio: su forma de actuación, cómo reconocerlo en el interior de un ser humano… Ed no era un exorcista, sino un demonólogo”. El único reconocido por la Iglesia católica como tal sin haber sido ordenado. Los Warren, de hecho, colaboraron estrechamente con varios sacerdotes que no dudaban en llamarlos ante indicios de una posible posesión demoníaca. “Ed nunca practicó un exorcismo. Su tarea era la de recopilar información y entregársela a las autoridades religiosas”. Tampoco los exorcismos pagaban las facturas del matrimonio. Tras licenciarse en el ejército, “Ed trabajó como conductor de autobuses en la ciudad de Bridgeport y Lorraine tuvo diversos empleos; fue camarera, dependienta en una tienda de chucherías…”.

Ed Warren era, sobre todo, un profundo conocedor de la teología cristiana, “aunque también estudió rituales de muchas otras religiones. Consideraba que cualquier religión que enseñase a amar a Dios y al prójimo era buena”. A veces, en sus conferencias bromeaba y solía decir que: “el mayor exorcista de todos los tiempos había sido judío”, refiriéndose a Jesucristo.

En cambio, la relación de Lorraine con lo paranormal sería mucho más intuitiva y, por lo tanto, difícil de objetivar. “Descubrió sus habilidades cuando tenía nueve años. Entonces estudiaba en Lauralton Hall, una escuela católica. Allí, un día vio que una de las monjas desprendía una brillante luz blanca (su aura). Pensaba que el resto de niñas también podían verla”. Pero no. Y ante algo que alguien afirma que percibe y que nosotros no podemos corroborar con nuestros sentidos, sólo cabe la elección entre creer a esa persona o no hacerlo. Ed Warren la creyó.

Cuando el niño que había vivido aterrorizado por los sucesos inexplicables que tenían lugar en su hogar familiar y la niña capaz de ver aquello que para otros simplemente no existe se encontraron a los dieciséis años, además de apoyarse el uno al otro, “decidieron que cuando Ed regresase de servir en la marina durante la Segunda Guerra Mundial (si es que volvía), tratarían de averiguar si había otras personas con experiencias similares a las suyas”. A lo largo de más de seis décadas de investigaciones vieron más de lo que podrían haber esperado: la familia Perron de Harrisville, atormentada por un espíritu de una bruja que respondía al nombre de Bathsheba; la pequeña Janet, inmortalizada en una fotografía en la que estaría levitando (¿saltando?) en el dormitorio de su casa en Enfield; Bill Ramsey, al que se ha considerado poseído por el espíritu de un hombre lobo… Ya se tratase de manifestaciones del Mal, de casos de paranoia colectiva o de estafas, lo que resulta innegable es que las investigaciones de los Warren resultan fundamentales para la configuración de lo paranormal en el imaginario colectivo del siglo XXI, más después de que se convirtiesen en objeto de la saga cinematográfica The Conjuring.

A los escépticos y a sus detractores cabe contraponerlos con las personas que se muestran agradecidas por la ayuda de los Warren y a testigos como los policías que trataron con el mencionado Bill Ramsey. Este ciudadano británico había manifestado conductas animales espontáneas (gruñidos, ladridos, ataques de ira…) desde su infancia. Entre 1952 y 1987 protagonizó diversos episodios violentos como las agresiones cometidas contra el personal médico que trataba de hallar una explicación a su trastorno. “Habitualmente las autoridades, ya sea la policía o las eclesiásticas, se muestran reacias a hablar sobre sucesos sobrenaturales”, lamenta Spera. “Pero los agentes de la policía de Londres estaban firmemente convencidos de que Ramsey estaba bajo algún tipo de posesión. Decían que tenía una fuerza sobrehumana, que aullaba como un animal cuando lo detuvieron y que tuvieron que administrarle un tranquilizante para caballos para reducirlo”.

Tras visitarlo en el Reino Unido, Lorraine determinó que se trataba de un caso de posesión y convencieron a Ramsey para que viajase hasta Connecticut. Los costes del viaje fueron sufragados por el periódico The People, que cubrió la información sobre el exorcismo que le practicó el obispo Robert McKenna tras valorar la documentación recabada por los Warren. Ramsey volvió a aparecer en público tres años después, en 1992, para dar testimonio del restablecimiento de su salud, aunque no se ha documentado si padeció crisis posteriores o si el ritual religioso tuvo un efecto permanente sobre su salud mental. Ed Warren “tuvo algunas dudas antes de conocer a Bill Ramsey, pero después de hablar con él y con los policías a los que había atacado, se convenció”.

Otro de los casos más estudiados de los Warren es el de la muñeca Annabelle, convertida hoy en la pieza estrella de su Museo de lo Oculto. Desde 1970 este peluche de apariencia entrañable está custodiado en una vitrina ritualizada en la que fue colocada por el matrimonio después de que aterrorizase a Donna, una joven estudiante de enfermería, y su compañera de piso.

Tony Spera en el Museo de lo Oculto de los Warren

Según el testimonio de la estudiante, la muñeca que le había regalado su madre cambiaba de posición, e incluso de habitación, sin que nadie la tocase. Pero eso habría sido sólo el principio. En el piso comenzaron a aparecer notas en las que se podían leer mensajes como “Ayúdanos” o “Ayuda a Lou”. Lou era un amigo de las chicas –y principal sospechoso para los escépticos– que sostenía que la muñeca había tratado de estrangularlo una noche en la que se quedó a dormir con ellas. Ante tales sucesos, el trío acudió a una médium que concluyó que en la muñeca habitaba el espíritu de una niña llamada Annabelle Higgins, a la que debían ayudar. Según los Warren, se equivocó de forma catastrófica. Ed y Lorraine tuvieron conocimiento del caso a través del párroco de la iglesia de Donna, que les pidió ayuda. La actividad paranormal en torno al juguete había ido in crescendo, y el tal Lou afirmaba que, de alguna forma, Annabelle le había provocado heridas y arañazos en el cuerpo con sólo mirarlo. No estando dispuestos a correr riesgos, los Warren recomendaron un exorcismo, que practicó el padre Cooke, un sacerdote de su confianza, y encerraron a la muñeca en la célebre urna decorada con motivos sacros en la que se encuentra expuesta y bajo custodia de Tony Spera. El director del Museo de lo Oculto es un tipo alto y corpulento que, sin embargo, se muestra “muy cauto con Annabelle. Antes de acercarme a ella pido a un sacerdote que me ofrezca su bendición”. Por fortuna, desde que la colocaron tras el cristal, Annabelle no se ha movido de su urna.

El Museo de lo Oculto, las conferencias de la N.E.S.P.R., las películas de The Conjuring… La rentabilidad comercial que ha llegado a ofrecer el producto Warren azuza la desconfianza y la ira de los escépticos y los perseguidores de vendeburras. Es comprensible. Sin embargo, aunque me confieso incapaz de discernir si Annabelle pudo estar realmente poseída por una entidad demoníaca o si un exorcismo estabilizó la salud mental de Bill Ramsey, la perspectiva que nos ofrece el paso de las décadas complica la viabilidad del retrato de estafadores que algunos periodistas se han obstinado en elaborar de Ed y Lorraine Warren. Spera insiste, “nunca cobraron un solo centavo por sus servicios”, extremo que corroboran algunas de las personas a las que auxiliaron.

En todo caso, “a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 comenzaron a recibir invitaciones para ofrecer conferencias, por las que sí les pagaban” y también “recibieron ofertas de editores para que escribiesen libros contando sus casos”. Que tuviesen la habilidad para rentabilizar su trabajo posteriormente no implica fraude. Más cuando el dinero llegó tras decenas de investigaciones deficitarias y mucho desgaste personal lejos del foco mediático. “El caso de Amityville los dejó muy afectados”, recuerda su yerno. “Tiempo después de haber regresado de Amityville, Lorraine se sentía hostigada por una presencia oscura”. Por otra parte, el retrato de los Warren que he podido componerme tras leer abundante documentación y charlar con Spera hace que me resulte fácil pensar que, equivocados o no, nunca pretendieron engañar a nadie, ya que creían firmemente en una labor que desarrollaron tanto cuando era lucrativa como cuando no porque formaba parte de su vivencia religiosa.

Eran personas muy especiales, que se preocupaban por los demás”, resume Spera.

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